Entonces su señor le llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, así como también yo tuve misericordia de ti?" Y su señor, enojado, le entregó a los verdugos hasta que le pagara todo lo que le debía (Mateo 18:26-31)
¿Nuestro amor crece y se hace más tierno, más brillante, más visible? O, por el contrario, ¿se ha vuelto más discriminador, más calculador, menos disponible? Este es un hecho muy importante, pues nuestro cristianismo solamente es tan verdadero como lo sea nuestro amor.
Una de las áreas principales de la lucha espiritual está en la esfera de las relaciones. Una iglesia dividida contra sí misma no puede sostenerse. Una señal inequívoca de una iglesia corporativa, unida, vencedora, será su compromiso con el amor. Un descenso de nuestra capacidad de amar evidencia que en nosotros se ha desarrollado una fortaleza de amargura. Pero, debido a la creciente iniquidad en el fin de estos tiempos, el amor cristiano verdadero sufrirá muchos ataques graves.
Uno de ellos es la cárcel de la falta de perdón que representa la condición del ser humano que está sujeto a la culpa, la tribulación, la amargura, la ansiedad, la venganza por su incapacidad para perdonar y pedir perdón. Cuando una persona está en esta cárcel no tiene paz, gozo ni amor. Por tanto no puede crecer espiritualmente y ser bendición a los demás.
La Escritura nos muestra cómo conservar la calidad del amor en nuestro corazón, y es a través del perdón: debemos perdonar a quienes nos han hecho tropezar y pedir perdón a quienes hayamos ofendido. Quizás no nos guste lo que alguien nos haya hecho, pero no tenemos opción distinta a amarlo. Quizás tengamos vergüenza de pedir perdón, pero debemos arreglar todas nuestras cuentas. El amor es nuestra única alternativa.
La falta de perdón
No hay unidad espiritual ni una victoria duradera sin amor. El amor es una pasión por la unidad del Espíritu. La amargura, por el contrario, se caracteriza por una notoria falta de amor. Este amor frío es una fortaleza satánica. La falta de perdón cierra el poder de la oración e incapacita e impide el flujo de la sanidad y del crecimiento de la iglesia. De hecho, donde haya una falta de perdón persistente y endurecida en una persona o en una iglesia, el mundo demoníaco (conocido en Mateo 18:34 como los “atormentadores”) tiene acceso sin obstáculos de ninguna clase.
Las Escrituras advierten que en la vida de una persona puede saltar hasta una raíz pequeña de amargura y muchos pueden resultar contaminados (Hebreos 12:15). La amargura es una venganza que no se ha cumplido. Es inevitable que, en un mundo de crecientes asperezas y de crueldad cada vez mayor, a veces seamos heridos. Pero si fallamos en reaccionar con amor y perdón, si guardamos en nuestro espíritu la deuda que el ofensor nos debe, esa ofensa robará de nuestro corazón la capacidad de amar. Imperceptiblemente vendremos a convertirnos en cristianos cuyo “amor se ha enfriado”.
Amor sin compromiso no es Amor
Esto debe quedar perfectamente claro: no hay amor sin compromiso. Cuán a menudo se oye a la gente que dice: “amé a alguien en alguna ocasión, pero eso me trabajo muchas heridas”. O, “me comprometí con el servicio cristiano, pero abusaron de mí”.
Y de esta manera la gente se retira del compromiso sin darse cuenta que su amor se está enfriando. Puede inclusive que no parezca que se hayan enfriado, aún van a la iglesia, leen la Biblia, diezman, cantan y parecen como cualquier cristiano, pero dentro de sí se han vuelto distantes y se apartan de otras personas.
Se han retirado del amor de Dios, no se dan cuenta que su incapacidad para perdonar y pedir perdón los ha llevado a una cárcel de amargura, soledad, culpa, falta de paz y gozo. Cada vez que nos negamos a perdonar o a cubrir (sanando y restaurando) una debilidad en otros, nuestro corazón se endurece, no solamente hacia ellos, sino también hacia Dios.
Aún podemos decir que todavía estamos abiertos a Dios, pero las Escrituras son muy claras “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ha visto?” (1 Juan 4:20).
¿Qué significa aquí el término amor a Dios? Primero que todo, se supone que si amamos a Dios, estamos dispuesto a hacer todo lo que él nos pide, a cualquier precio, queremos decir con esto que por amor, nos negamos a nosotros mismos para agradar a Dios, que podemos servirle sin condiciones.
Pero el Señor dice “lo que haces a estos pequeños, a mí lo haces” (Mateo 10:42), quiere decir que cuando “eso que decimos” que estamos dispuestos a hacer para Dios, no lo hacemos a nuestro prójimo, entonces la Escritura nos llama “mentirosos”. En este sentido el amor debe ser persistente, abierto, afectuoso, sensible. Con el término amor se indica una compasión que está llena de poder mediante la fe para ver que lo mejor de Dios obra en aquel a quien amamos. Cuando tenemos amor por alguien, hemos decidido que vamos a permanecer con él sin tener en cuenta lo que vaya a suceder de ahí en adelante.
Necesitamos vencer nuestra actitud respecto del compromiso a perdonar y pedir perdón, pues nadie alcanzará la plenitud del reino de Dios en la tierra sin estar comprometido con gente imperfecta a lo largo del camino.
La Sanidad
“y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas... Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:30-31)
Nuestro amor a los otros debe ser como nuestro amor a Dios. Entre más amamos incondicionalmente a Dios, más debemos amar incondicionalmente a otras personas. Recordemos que la victoria del amor es ver la unidad del cuerpo de Cristo tal como se debe revelar.
Seremos desafiados en esto, pero si perseveramos, descubriremos las alturas y las profundidades, la longitud y la anchura del amor de Cristo. Y cada uno de nosotros, llegaremos a ser un cuerpo lleno e inundado con Dios mismo.
Por eso debemos ser libres de la cárcel de la falta de perdón. Para tratar con esto, debemos arrepentirnos de nuestra actitud y perdonar a quien nos haya herido. Si no perdonamos a alguien que nos ofendió en esa relación hemos fallado a la prueba.
En verdad necesitamos agradecer a Dios el habernos perdonados nuestros pecados, porque allí recibimos la gracia y el amor para perdonar a los demás. Perdonar te da la oportunidad de crecer en el amor divino. Gracias al perdón, la amargura y el resentimiento no devoran toda nuestra vida. Millones de almas mueren y llegan al juicio eterno cada día, sin la posibilidad de conocer cómo escapar de la amargura; pero Dios nos ha dado la respuesta para nuestro dolor. Dios nos da un camino por delante: el perdón
A medida que abrazamos el amor de Dios y comenzamos a caminar en el perdón, en realidad derribamos la fortaleza de amargura y la manifestación del amor frío en nuestro corazón. Somos liberados de la cárcel y tenemos libertad para andar en gozo, paz y amor.
Evaluemos nuestro corazón: ¿Hemos tropezado debido a la debilidad de alguien o por el pecado de alguien últimamente? ¿Nos hemos echado para atrás y hemos continuado amando, como lo hacíamos antes, o esa caída nos ha hecho retirar y no mostramos amor como una vez lo hicimos?
“Y cuando os pongáis de pie para orar, si tenéis algo contra alguien, perdonadle, para que vuestro Padre que está en los cielos también os perdone a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.” (Marcos 11:25-26)