LA PROSPERIDAD BIBLICA

No hace mucho tiempo, todos los medios masivos de comunicación se explayaron en el asalto de una banda de guerrilleros a una embajada ubicada en una capital latinoamericana, mientras lo más selecto de la sociedad de ese país se había reunido para celebrar una fiesta suntuosa, a pocas cuadras de gente sumamente necesitada. ¿Qué de raro tiene, entonces, que en algunos de estos países haya movimientos guerrilleros? No los justificamos, ni estaremos jamás de acuerdo con sus métodos, pero tenemos que reconocer que cuando hay presión, por alguna parte se produce la explosión.

En épocas pasadas la humanidad vivía con la mente puesta en otras cosas.

Para los egipcios lo importante era la vida después de la muerte, la perdurabilidad y la eternidad. Lo demuestran su religión y los monumentos que nos han dejado.

Para los griegos era encontrar la verdad por medio del razonamiento humano, y lograr la máxima belleza y el máximo equilibrio en sus edificios y sus estatuas.

Para los cristianos de la Edad Media, la gran preocupación era la salvación del alma y evitar que ésta cayera en las llamas eternas del infierno.

Para el hombre de nuestros días, en cambio, la gran preocupación, la dominante, la que excluye todas las demás, es la economía. Hay que ganar dinero, en las mayores cantidades posibles, en el menor tiempo posible, y sin preocuparse mucho por la manera como se lo logra.

Las profecías de las Sagradas Escrituras, que se refieren a la época en que estamos viviendo y la describen admirablemente, son las del Apocalipsis. Este notable libro de la Biblia le da el nombre de Babilonia a esta civilización nuestra, que nosotros pomposamente denominamos "civilización grecoromano cristiana", y proclama su caída y su desaparición. Precisamente, la característica que destaca de esta civilización es la económica. Las Sagradas Escrituras nos dicen:

"Los frutos codiciados por tu alma se apartaron de ti, y todas las cosas exquisitas y espléndidas te han faltado, y nunca más las hallarás. Los mercaderes de estas cosas, que se han enriquecido a costa de ella (de Babilonia) se pararán lejos por el temor de su tormento, llorando y lamentando... Porque en una hora han sido consumidas tantas riquezas" (Apocalipsis 18:14, 15, 17).

Apocalipsis sigue describiéndonos el clamor y el llanto, no sólo de los mercaderes, a consecuencia de la caída de esta civilización, sino de los otros eslabones de la cadena económica: primero aparecen los gobernantes, los políticos; a continuación los comerciantes que ya mencionamos y, por último, las empresas del transporte.

Por un tiempo, Europa, aparentemente luchaba por preservar sus valores culturales: literatura, filosofía, arte --música, pintura, escultura, arquitectura--, pero últimamente ese continente también ha caído en la civilización del consumismo, y todos esos otros valores se han eclipsado ante el resplandor aparentemente inigualable del comercio, del dinero. Y hay otro problema: la explotación del hombre por el hombre, causante de situaciones de injusticia social. En efecto, el apóstol Santiago lanza la siguiente proclama:

"¡Vamos ahora, ricos! Llorad aullando por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros. He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos" (Santiago 5:1-4).

El Señor nos dice aquí, por medio de su apóstol que, en primer lugar, esta proclama está dirigida a los ricos que "han acumulado tesoros para los días postreros". Estos "días postreros" son los actuales, los que estamos viviendo, los últimos días de la historia de este mundo. Y los ricos insensibles de este mundo son tan ciegos, que no se dan cuenta de que muy pronto sus riquezas no les servirán de nada. Serán como si se la hubiera comido la polilla o como si se hubieran descompuesto; se enmohecerán, y les producirán un remordimiento tan intenso, como si sus cuerpos fueran consumidos por el fuego.

En segundo lugar esas riquezas han sido el resultado de explotar a sus trabajadores, apropiándose de parte del salario que justamente merecían. Esto es, precisamente, la explotación del hombre por el hombre. Por eso, esta proclama del Altísimo, cuando cambia de destinatario y se dirige a los estafados y explotados, no les recomienda que se organicen en bandas guerrilleras, ni que fabriquen explosivos para arrojárselos a los que acumularon riquezas mal habidas para los últimos días. Por medio del mismo apóstol, el Señor nos dice:

"Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. . . Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca" (Santiago 5:7, 8).

Ningún partido político de este mundo, por más populista que sea; ningún movimiento guerrillero, no importa de que signo sea, podrán solucionar este problema que es consecuencia directa de la condición pecaminosa del género humano. La única esperanza cierta es la venida del Señor. Cuando él regrese a esta tierra tal como lo prometió, "hará nuevas todas las cosas" y establecerá su justicia en el mundo. Entonces no habrá más explotadores, y se acabarán para siempre los explotados.


Los 6 Principios

Sin embargo, el mismo Señor que nos hace estas luminosas promesas, ha establecido un plan para que sus hijos, los seguidores de Jesucristo, podamos disfrutar aquí y ahora de una justa bonanza económica. El Señor tiene un plan para solucionar nuestros problemas financieros, que se funda en seis principios muy sencillos, bien prácticos y por cierto eficaces.

Primer Principio
¿Qué nos dice la Escritura? En la respuesta a esta pregunta encontramos el primer principio en que se basa el plan económico de Dios. Nos dice: "Porque mía (de Dios) es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados. . . Porque mío es el mundo y su plenitud" (Salmo 50:10, 12). Y añade: "De Jehová (del Señor) es la tierra y su plenitud" (Salmo 24:1). "Mía es la plata y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos" (Hageo 2:8).

La propiedad de todo, no sólo de los medios de producción y distribución, no es ni privada ni social: es de Dios. Si la humanidad a través de los siglos hubiera tenido en cuenta este principio, no habría habido tantas guerras ni tantos conflictos sociales. Los seres humanos somos sólo administradores de la propiedad de Dios. Este es el principio número uno del plan divino.

Segundo Principio
Y, ¿cuál es el segundo?: "Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová" (Levítico 27:30). Es perfectamente claro. Puesto que somos sólo mayordomos de los bienes que Dios en su gracia pone a nuestra disposición, debemos reconocer esa circunstancia devolviéndole de buen grado la décima parte de todo lo que ganamos.

La humanidad en general, salvo una minoría, no reconoce este principio. A ella el Señor le dice: "Vosotros me habéis robado. . . en vuestros diezmos y vuestras ofrendas". Esta sociedad le roba a Dios cuando se guarda los diezmos, creyendo que es dueña de todo.

Un vendedor de propiedades se casó con una ferviente cristiana, aunque él no lo era. Sus ventas comenzaron a declinar dramáticamente, y la crisis se prolongó. Parecía que le había caído una maldición. Desde un principio la señora lo instaba a apartar dinero para el diezmo, pero él se resistía; le parecía una insensatez. Cuando comenzó a transcurrir la sexta semana sin una sola venta, le dio a la señora cierta suma de dinero como diezmo.

Entre los terrenos que tenía para vender había uno al cual él mismo le daba el nombre de "el pozo", porque cada vez que llovía se llenaba de agua y parecía una laguna. Era un terreno ciertamente invendible. Pero después de devolver su primer diezmo llegó un señor que le compró "el pozo", ese terreno invendible, y le pagó lo que pidió... ¡en efectivo! . . . un billete encima del otro. Por supuesto, también devolvió el diezmo de esas ganancias, y de allí en adelante sus negocios comenzaron a andar muy bien.

¿Qué sucedió? Pues, el Dios del cielo, dueño de todo, cumplió en él la promesa que dice textualmente así: "Traed todos los diezmos al alfolí (a la tesorería del Señor) . . . y probadme ahora en esto. . . si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde" (Mal 3:10).

Tercer Principio
El tercer principio lo encontramos expresado en esta declaración: "Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre" (2 Corintios 9:7). El pecado ha hecho de nosotros seres egoístas. Nos gusta acumular; no dar. Pero cuando Jesús reina en nuestro corazón, nos damos cuenta que debemos ser altruistas, y comenzamos a dar en beneficio de nuestros semejantes parte de lo mucho que Dios nos confía para que lo administremos.

Cuarto Principio
El cuarto principio se refiere al hecho de que Dios, dueño de todo, cuando nosotros estábamos perdidos en delitos y pecados, nos dio el mayor don del universo y de la historia: nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros en la cruz del Calvario. Y si Dios con este don vació el cielo en nuestro beneficio, ¿cómo podríamos nosotros negarle algo? ¡Imposible!

Quinto Principio
El quinto principio es lo que podríamos llamar "la dadivosidad arriesgada". Cuando el Altísimo dio a Jesús en nuestro beneficio --y él se dio a sí mismo--, corrieron un riesgo enorme. Si nosotros damos, no lo menos que podemos, sino lo más, hasta el máximo de nuestras posibilidades, estaremos reflejando el carácter de nuestro Salvador.

Sexto Principio
Por último, el sexto principio divino para ordenar nuestras finanzas tiene que ver con el objeto de nuestros afectos. Si reconocemos que Dios es el dueño de todo, y que somos sólo administradores de su propiedad, y nos volvemos generosos y dadivosos, estaremos demostrando que nuestros afectos están en las cosas de Dios.

Que el Señor te bendiga al poner en práctica estos seis principios divinos

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